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Entre lo moderno y lo patrimonial: principios de acopio en la Biblioteca Pública de la Provincia de Buenos Aires (1884-1905)

Between the Modern and the Patrimonial: Principles of Collection at the Public Library of the Province of Buenos Aires (1884-1905)

*Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales - Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata, Argentina. rdorta@fahce.unlp.edu.ar

Resumen:

A partir del análisis crítico de un conjunto de fuentes históricas todavía no consideradas en investigaciones previas, se indaga sobre los principios de acopio bibliográfico que definieron el carácter de las colecciones de la Biblioteca Pública de la Provincia de Buenos Aires (La Plata, Argentina) entre 1884 y 1905. Se busca conocer qué intereses estatales e intelectuales determinaron cuál era el repertorio cultural verdaderamente importante y que valía la pena conservar. En primer término, se establece que las preocupaciones por la construcción de un relato nacional condujeron a priorizar la reunión de obras y documentos de reducida circulación y alto valor patrimonial. En segundo término, se observa que el interés por la consolidación de una cultura científica llevó a dar igual importancia al acopio de obras modernas. Al finalizar el trabajo, se resalta que el límite para la potencia ordenadora de esta concepción ideal estuvo dado por las condiciones materiales de conformación de los acervos.

Palabras clave: Colecciones; Argentina; La Plata; Biblioteca pública

Abstract:

Based on the critical analysis of a set of historical sources not yet considered in previous research, this article delves into the principles of bibliographic collection that defined the character of the collections of the Public Library of the Province of Buenos Aires (La Plata, Argentina) between 1884 and 1905. We are interested in knowing what state and intellectual interests determined which cultural repertoire was truly important to conserve. Firstly, it is established that concerns about the construction of a national narrative led to priority being given to works and documents with limited circulation and high heritage value. Secondly, the interest in consolidating a scientific culture led to equal importance being given to the collection of modern works. In conclusion, it should be noted that the limit to the organizing power of this ideal conception was determined by the material conditions of the formation of the collections.

Keywords: Collections; Argentina; La Plata; Public Library

Introducción

Conformar colecciones públicas de libros en la Argentina de fines del siglo XIX e inicios del XX todavía representaba, en ese entonces, una novedad acompañada de controversias. Transcurridas varias décadas desde la fundación en 1810 de la primera Biblioteca Pública que tuvo el país (Parada, 2002), los espacios públicos de estas características aún eran escasos y no estaba claro a qué propósitos debían atender: si a la formación lectora de los sectores populares recientemente alfabetizados o, por el contrario, a la consolidación de una cultura científica y a la construcción de una memoria nacional (Planas, 2023: 99). Un acto fundacional posterior revitalizó el debate. En 1884, a consecuencia de la federalización de Buenos Aires, la que hasta entonces era su Biblioteca Pública se convirtió en Biblioteca Nacional y fue inmediatamente sustituida por otra con sede en La Plata, la nueva capital bonaerense desde 1882 (Dorta, 2019: 172). La puesta en acto de esta flamante Biblioteca Pública de la Provincia de Buenos Aires participó decisivamente en la definición del carácter que era propio atribuir a un espacio bibliotecario oficial, algo que, como procuramos demostrar, se puso especialmente de manifiesto en los procesos de formación de colecciones.

En lo esencial, instituir colecciones bibliotecarias supone la existencia de una idea selectiva y ordenadora que anima la reunión de un conjunto bibliográfico armonioso a partir de la delimitación de un criterio dado (Buonocore, 1976: 134). La elaboración de ese criterio, que se gesta en relación con un proyecto, a un espacio, a un destinatario e, incluso, sujeto a un conjunto de condicionamientos, representaciones y tradiciones, desde luego no agota la complejidad que subyace a toda colección de biblioteca, pero su importancia es central. Entonces, sin desconocer que las colecciones responden a una preocupación por el orden y el uso y que, en tal sentido, su elaboración requiere arbitrar una compleja serie de procesos, en esta oportunidad proponemos detenernos solamente en los principios e ideas que estructuran su formación. Concretamente profundizaremos en la identificación y en el análisis de los criterios de reunión que guiaron el desarrollo de las colecciones conformadas entre 1884 y 1905 en la Biblioteca Pública bonaerense, un ejercicio heurístico que ninguna investigación previa ha emprendido. El recorte temporal cubre desde la fundación de la Biblioteca -que entre 1884 y 1886 funcionó junto al Museo General- hasta su conversión en Biblioteca Pública de la Universidad Nacional de La Plata -estatuto que conserva en el presente-, y abarca las gestiones de cuatro intelectuales que, con sus distancias, pertenecieron a la conocida como generación del 80 (Jitrik, 1968): Francisco Pascasio Moreno (1884-1886), Augusto Belín Sarmiento (1887-1891), Clodomiro Quiroga (1892-1898) y Luis Ricardo Fors (1898-1905).

Metodología

Procurar este entendimiento entraña una dificultad estructural asociada a la falta de información disponible: no contamos con catálogos ni con inventarios completos de las colecciones reunidas en la Biblioteca Pública bonaerense durante el periodo 1884-1905. De esta manera, nos valdremos de una variedad de rastros históricos a partir de cuya unión es posible reconstruir un cuadro completo sobre los criterios generales que promovieron la configuración de este acervo. Entre las principales fuentes, incluimos el Catálogo general razonado de las obras adquiridas en las provincias argentinas…, publicado por Antonio Zinny en 1887 como producto de un encargo que le hiciera la misma Biblioteca y donde se asientan los registros de una valiosa porción de las primeras incorporaciones y, también, algunas informaciones que circularon en el Boletín de la Biblioteca Pública de la Provincia de Buenos Aires (1899-1905): fragmentos del catálogo y otra gran diversidad de relatos que dan cuenta de los procesos de formación de los acervos.

Además, contemplamos fuentes con menciones dispersas relativas al desarrollo de las colecciones: expedientes y legajos que la Biblioteca intercambió con distintas dependencias de la administración pública bonaerense, y donde encontramos alusiones a los pedidos bibliográficos realizados desde la Biblioteca, junto a valoraciones sobre el carácter de las colecciones deseadas; comentarios de directores y trabajadores de la institución desde la misma fundación hasta el presente, dispuestos en documentos manuscritos e impresos; entradas presentes en la prensa de época y en periódicos de circulación posterior; y, entre otros, registros asentados en uno de los libros copiadores de la institución. Ante la ausencia de un archivo institucional que permita la consulta centralizada, estos registros históricos fueron reunidos y sistematizados a partir de la consulta en distintas instituciones, entre las que sin dudas se cuenta la actual Biblioteca Pública de la Universidad Nacional de La Plata, pero, también, el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, el Archivo del Museo de Ciencias Naturales -donde se conservan buena parte de los documentos administrativos del periodo en que la Biblioteca Pública y el Museo funcionaron juntos- y la Biblioteca de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires.

Con respaldo en el análisis crítico de este corpus documental, proponemos el abordaje de unos interrogantes fundamentales para comenzar a comprender los procesos de formación de colecciones en una institución de relevancia ineludible para la historia de las bibliotecas de América Latina y, desde luego, de Argentina: ¿cuáles son las preocupaciones de época que se reflejan en la formación de colecciones de la Biblioteca Pública bonaerense? A juicio de quienes tuvieron poder de decisión sobre sus destinos, ¿cuál fue el repertorio cultural verdaderamente importante y que valía la pena conservar? ¿Qué argumentos sustentaron sus selecciones?

Principios de acopio

La ampliación de las capacidades de lectura que se experimentó en la Argentina decimonónica fungió como condición de posibilidad de otras grandes transformaciones, entre las que destacan el crecimiento y la diversificación del público lector, de los impresos en circulación y de los espacios de lectura y, en paralelo, el incipiente nacimiento de un mercado editorial nacional cuya consolidación se dio hacia el año 1900 (Espósito, 2009: 13; Pastormerlo, 2014). Una interesante proliferación de distintas formas de lo escrito comenzó a circular libremente entre quienes se introducían en la práctica lectora y las tenían a disposición en bibliotecas populares, librerías, puestos de venta callejeros y estaciones de tren (Prieto, 2006). Prensa escrita, novelas por entregas y periódicos ilustrados, entre otros impresos, sirvieron de soporte para la incorporación de las recientemente alfabetizadas y los recientemente alfabetizados (Pas, 2017; Szir, 2009). El escenario adquirió una tonalidad preocupante para los sectores hegemónicos, que se dieron a la tarea de modelar el fenómeno emergente. Entre otras iniciativas, procuraron armonizar la legitimidad de la alta cultura con la demanda económica de la cultura popular, a partir de la elaboración y difusión a precios accesibles de textos literarios breves de corte erudito y moralizante (Espósito, 2009: 12).

Estas inquietudes adquirieron relevancia en la Biblioteca Pública situada en La Plata, e incluso fueron incorporadas a la definición de sus funciones básicas, para lo que institucionalizó vínculos con numerosas bibliotecas populares bonaerenses, pero estuvieron excluidas en la articulación de los criterios que determinaron el carácter de las colecciones a reunir en su propio recinto. El amplio universo de lecturas populares y de entretenimiento, fuera producido por actores emergentes o consagrados, con o sin pretensiones moralizantes, y a pesar de su indiscutible relevancia en el paisaje de época, no fue considerado para su integración al selecto acervo que se esperaba instituir. Si bien existieron iniciativas para incorporar en una sección diferenciada de la institución textos instructivos y recreativos destinados a modelar los hábitos lectores de las mayorías, todas ellas fueron sistemáticamente desestimadas (Dorta, 2025).

La Biblioteca Pública fue entendida como un espacio propio del pensamiento ilustrado finisecular y, por lo mismo, destinada a cumplir con dos funciones primordiales. Primero, contribuir con el cometido historiográfico de relevamiento y relectura del pasado. Segundo, fomentar una cultura científica y una sociabilidad letrada, necesarias para el robustecimiento interno de la aún embrionaria vida intelectual de La Plata (Dorta, 2019: 185). Así, las expresiones culturales que interesó adquirir y coleccionar para el desarrollo de sus colecciones pertenecieron a un circuito totalmente distinto.

En redes privadas, locales e internacionales de coleccionistas, historiadores y bibliófilos existía un fluido acopio e intercambio de manuscritos, libros, catálogos, medallas y autógrafos, entre otras obras raras americanistas de gran valor histórico y compleja localización (Buchbinder, 2023: 56). En muchos casos se trataba de documentos elaborados por los protagonistas de la historia en el ejercicio de sus funciones públicas, pero, cuya posesión y resguardo, ante la ausencia de un aparato administrativo y estatal de cierta solidez, quedaba en manos de los mismos particulares que los producían, o bien de sus descendientes o herederos (Swiderski, 2015: 48, 55). El acopio, compulsa e incluso transcripción de estos ejemplares fue impulsado por grupos intelectuales con interés en conformar las colecciones necesarias para reponer la historia de las naciones del sur americano, para lo cual, además, consolidaron una sociabilidad centrada en el préstamo, comentario y puesta en valor del patrimonio reunido en sus bibliotecas personales. Junto a ello, el afán bibliófilo, a la par que la preocupación por mantenerse al corriente de las novedades en distintas ramas del saber, también condujo al marcado interés de estas minorías letradas por la bibliografía europea. Libreros, editores e impresores permanecieron atentos a lo que se producía en Europa, solicitaron continuamente los catálogos de sus principales casas editoras y adquirieron de forma periódica remesas con las que atender a las inquietudes lectoras del residente argentino que, a través de la reproducción y transcripción de los textos importados impulsó, como contrapartida, la industria editorial americana (Arenas Deleón y Guillamón, 2024). Por fin, y aun cuando el libro se mantuvo como unidad vertebradora del campo de la lectura, en la Argentina finisecular las revistas se constituyeron en potente vehículo de diálogo intelectual y en fértil territorio donde las élites libraron sus disputas hegemónicas. En Argentina y en toda América Latina, allí se contendió acerca de las literaturas y las historias nacionales, sobre el sentido y los alcances de cada cultura nacional, y respecto de los autores y las obras que merecían ocupar legítimamente el centro, la periferia, o que simplemente debían quedar por fuera del corpus admitido. El ávido interés por las discusiones que se suscitaban en sus páginas convirtió a estos órganos periódicos en puntos de condensación de las redes intelectuales nacionales e internacionales y, por lo mismo, en un impreso de pujante circulación (Tarcus, 2020: 16-21).

Este conjunto de materiales de valor histórico, impresos europeos y revistas académicas y culturales fue, asimismo, el que las contadas bibliotecas públicas argentinas del siglo XIX, del mismo modo que sus pares latinoamericanas, se interesaron especialmente en adquirir (Caldeira, 2017; Planas, 2023: 87). Forjadas por los hombres de la elitista y cientificista generación del 80, las colecciones públicas fueron vistas como elementos de distinción e instrumentos funcionales del proceso modernizador y laicista que permitiría construir una nación y un Estado ‘civilizados’. De un lado, se buscó la patrimonialización de documentos que circulaban entre los particulares, pero revestían interés público, entre otros ámbitos, en la cuestión de límites o en la formación de una historia nacional (Buchbinder, 2023: 60, 61; Swiderski, 2015: 75). Del otro, se procuró poner al alcance de eruditos los instrumentos de estudio e investigación que hasta entonces solo eran accesibles a través de círculos privados e informales sostenidos al margen del aparato estatal (Buchbinder, 2018). En una línea de continuidad con este paisaje de expectativas, desde la Biblioteca Pública de la “nueva Capital”, los criterios y prácticas de acopio respondieron, en su esencia, a los mismos intereses vitales.

Las actuaciones y afirmaciones de quienes encauzaron sus destinos, sin desconocer los tintes que alejaron posiciones, exhiben acuerdos básicos en relación con la medida de valor de las colecciones de una biblioteca pública, a las utilidades o funciones que se esperaban de ellas y al público destinatario a que se dirigían. Las “obras valiosas”, como lo expresó con precisión Fors, eran distinguibles “por su mérito artístico ó [sic] por sus condiciones científicas y muchas veces por su antigüedad” (Boletín, 1901, nro. 34: 1). En armonía con esas condiciones, se esperaba que estos conjuntos sirvieran para la articulación de una política memorial y, al mismo tiempo, para favorecer el desarrollo de una cultura científica entre un público especializado del que participaran las élites tradicionales y, progresivamente, los emergentes sectores mesocráticos (Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, 1887). En este sentido, los criterios de reunión desplegados atendieron a cinco dimensiones sustanciales. De modo indiscutido: el carácter enciclopédico y generalista de los acervos, su importancia histórica y patrimonial, y la cualidad moderna de las obras bibliográficas. También, aunque no expresamente admitidos: el prestigio institucional que los fondos pudieran importar y las inclinaciones e intereses personales que animaron a los encargados de su selección.

Admitido de común acuerdo que “la Biblioteca Pública se compone de libros de diferentes materias y de toda índole” (Fonrouge en Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, 1887: 659), una de las principales preocupaciones fue cómo hallar el concilio entre el archivo y lo moderno. En una conferencia del director de la Biblioteca Nacional de Francia -que Fors difundió íntegramente en el Boletín en un forzado intento de inscribir a la Biblioteca de La Plata en el mismo concierto que las bibliotecas oficiales europeas, de notable mayor envergadura- observamos que estas tensiones trascendieron todo tipo de fronteras. Allí, M. Leopold Delisle alertaba:

Los defectos de nuestra organización dependen, en gran parte, de las ideas falsas que generalmente corren sobre el carácter de las bibliotecas públicas. Tales ideas pudieran ser verdaderas en el momento en que nacieron; pero hoy ya no responden ni á [sic] nuestro estado social, ni á [sic] las condiciones actuales del trabajo científico. [...]

En las grandes ciudades es donde reina la confusión de que tenemos derecho de quejarnos, al ser sometidos a reglas diferentes y colocados en locales distintos, á [sic] veces lejos unas de otras, riquísimas colecciones de libros del período anterior á [sic] 1789 y pobrísimas en cuanto á [sic] los posteriores; y, por otra parte, colecciones formadas en nuestros días con gran costo, bien nutridas de obras que han renovado y renuevan cada día nuestros conocimientos científicos y literarios, pero de las que se ven y se verán eternamente ausentes muchos volúmenes antiguos y antiguas colecciones á [sic] las que siempre se tendrá que apelar, sobre todo para las investigaciones históricas, filológicas y artísticas (Boletín, 1901, nro. 30: 1, 2).

Ese dilema que, según Delisle, afectaba a “todos, más o menos” (Boletín, 1901, nro. 30: 5), en la Biblioteca Pública bonaerense se resolvió en torno a las ideas de identidad nacional y comunidad científica. Sin circunloquios, Fors confirmaba que “no hay biblioteca pública de alguna consideración en donde no se atienda a la creación y organización de[l] elemento histórico” (Boletín, 1900, nro. 24: 2). Y, con idéntica firmeza, agregaba que “la misión de las bibliotecas públicas no debe circunscribirse á [sic] ser simples depósitos de libros […], han de ser elementos de estímulo para las gentes laboriosas y centros donde se avive el gusto por el estudio” (Fors en Boletín, 1904, nro. 68: 165). Estas afirmaciones, que representan con justeza un parecer compartido por todos los realizadores de la Biblioteca, contienen el sentido elemental de la respuesta que se buscó ofrecer frente a un contexto impregnado, primero, por la creciente necesidad de construir una nación y una nacionalidad de carácter propiamente argentinas (Bertoni, 2001) y, segundo, por las transformaciones en las dinámicas de producción, acumulación y circulación del saber que atravesaron el periodo finisecular. Razones coyunturales e históricas explicaban el menester de reunir, y conservar para las generaciones futuras, los documentos que permitieran el relato de una historia nacional y, junto a ello, la responsabilidad estatal de acompañar el presente de la producción internacional de conocimientos.

En referencia a la formación inicial del Museo General, Moreno -quien fuera el primer director de la Biblioteca y del Museo- explicaba la donación de su acervo personal, reunido durante años de coleccionismo privado, por razones de interés nacional: “al coleccionar tantas piezas de valor […] creía que no deberían permanecer en manos de un particular, pues las consideraba como una de las bases para rehacer la historia perdida del país y por lo tanto propiedad de éste” (1891: 37). Preocupaciones que en los años sucesivos permanecieron como rectoras del enriquecimiento del Museo:

el deseo de lucro [dirá Moreno], ha hecho que sean artículo de comercio los objetos que debieran ser de propiedad pública, y conozco grandes colecciones que con este fin se han formado y que se han vendido ó [sic] se trata de vender en países estraños [sic]. Es (la considero obligación) la reunión de estos objetos, antes de que vayan á [sic] esas manos, lo que hace que descuide la mejor instalación del Museo, sacrificándola momentáneamente á [sic] la salvación de esos materiales que han de servir de base á [sic] nuestra historia (31).

Si bien a partir del acopio de otra clase de materiales, ese mismo interés fue uno de los principales ordenadores de la conformación de colecciones en la Biblioteca Pública: instituir un fondo público de alto valor patrimonial. Esto es, un acervo que reuniera distintos tipos de discursos -escritos, visuales, materiales- donde se registrara y testimoniara una identidad local, regional y nacional. Se trataba de acopiar y poner a resguardo un conjunto de documentos de relevancia histórica que permitieran el acercamiento a un pasado común, presentado como abstracción objetiva, pero producto de la selección intencional de quienes tomaban a su cargo la construcción y representación de ese legado compartido (Jaramillo y Marín Agudelo, 2014; Swiderski, 2024).

En efecto, entre las primeras disposiciones institucionales de la Biblioteca de La Plata se halló la de “coleccionar en las provincias de esta República, obras americanas y principalmente argentinas” (Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, 1888). Dispersas en repertorios de particulares y de algunos establecimientos públicos y privados, aquellas obras debían concentrarse en un reservorio oficial encargado de proveer y conservar las herramientas para la reconstrucción de una memoria argentina con perspectiva regional. Este principio de reunión retrospectiva exigió, además del recorrido en territorio argentino y del establecimiento de vínculos rioplatenses, la integración de la Biblioteca en redes intercontinentales que le permitieran la localización de los manuscritos, los diarios, las publicaciones oficiales y las obras raras y bibliófilas de reducida tirada que registraban los rastros de un pasado colonial y poscolonial esparcidos entre el suelo americano y el de los antiguos conquistadores. En paralelo, la política memorial implementada contempló el acopio de las producciones intelectuales y oficiales de circulación corriente necesarias para atender, también en el futuro, a inquietudes históricas y a la construcción de una narrativa de identidad (Provincia de Buenos Aires, 1889). En este último caso, y si bien no de modo excluyente, el énfasis estuvo puesto en la reunión de documentos vinculados a la actividad y al desarrollo de la provincia de Buenos Aires y, al menos en términos propositivos, de su capital.

Sin detrimento del elemento histórico, el segundo criterio estructurante de la colección fue lo moderno, en el sentido que el siglo XIX asignaba al término como “no de los más antiguos” o lo “nuevo y reciente, ó [sic] que ha sucedido de poco tiempo á [sic] esta parte” (RAE, 1884: 710). Si durante la primera mitad del siglo XIX decir algo novedoso y ‘estar al día’ se convirtió en un valor en sí mismo, hacia fines de siglo la legitimidad con base en una novedad que suponía ruptura con el pasado se afirmó como principio central de asignación de valor que, en especial contraste con el dogma religioso, ponderaba la racionalización, la secularización y, también, el entusiasmo de un acercamiento a lo hasta entonces desconocido (Goldgel, 2016; Roman, 2021). En La Plata, ciudad de lo nuevo por antonomasia -deliberadamente bautizada como “nueva Capital” en los documentos fundacionales-, el sueño de avanzar hacia el inexorable camino del progreso fue acompañado de una resuelta búsqueda de la modernidad que, entre otros aspectos, se tradujo en el requerimiento de acceso a lo último en materia de desarrollos científicos, descubrimientos técnicos, novedades estéticas y discusiones académico-letradas. A razón de su identificación como pilar del pensamiento ilustrado finisecular, esta competencia fue directamente atribuida a la Biblioteca Pública. Augusto Belín Sarmiento insistió durante su gestión en que “una biblioteca, grande o pequeña, no puede vivir sino á [sic] condición de refrescar continuamente su material adquiriendo los libros que llaman la atención del mundo ilustrado”, y sostuvo que uno de los más notables e imperiosos objetivos por alcanzar era, justamente, “procurar ese interés de todo instante, y esa novedad que sólo se renueva mediante un contacto directo con el movimiento intelectual del mundo” (1888a: 267, 268). Exigencia de época ratificada años más tarde por Fors, quien volvió a enfatizar en la obligación bibliotecaria de “colocar las diversas secciones del catálogo á [sic] la altura de los conocimientos modernos y de mantenerlas en el grado de progreso actual de las artes y de las ciencias” (Boletín, 1900, nro. 23: 2).

Para surtir a la Biblioteca de las “obras indispensables para cualquier estudio ó investigación algo profundizada” (Belín Sarmiento, 1888b: 240) y, especialmente, de las producciones intelectuales que mantuvieran al corriente de los más recientes avances en los distintos ámbitos del conocimiento, los criterios de selección privilegiaron, además del tradicional formato libro, a las revistas y a las obras de consulta. En el caso de las revistas, porque actuaron como nodos o puntos de condensación de las redes intelectuales nacionales e internacionales, convirtiéndose sus páginas en el más ágil y efectivo vehículo de intercambio entre quienes disputaron los márgenes y los actores habilitados a intervenir en cada área especializada del saber (Tarcus, 2020: 16). Así, su incorporación a los anaqueles de la Biblioteca fue requisito sine qua non para que las élites locales pudieran mantenerse actualizadas y tuvieran capacidad de participación al interior de los círculos letrados trasnacionales. Las fuentes de referencia, en tanto, como sostuvo Belín Sarmiento, representaban la “llave que permite abrir cada una de las puertas de las secciones en que se divide el saber” (MOP-AHPBA, 1887: exp. 18, arch. 3051). Y, en ese sentido, como continuaba su argumentación, si “una [b]iblioteca [p]ública es útil en proporción a las facilidades que ofrece á [sic] los lectores para hacer investigaciones de todo género”, entonces, “entre tales facilidades viene en primera línea la de proporcionar una colección por lo menos suficiente de aquellas obras de consulta más indispensables en cada una de las ramas del saber humano” (MOP-AHPBA, 1887: exp. 18, arch. 3051). Ante la creciente inmensidad y diversidad informativa, esta herramienta moderna, que incluía catálogos de editoriales y librerías, catálogos razonados, anuarios, bibliografías, enciclopedias, diccionarios de distintos alcances e intenciones, biografías y diccionarios biográficos, entre otros, se volvió determinante para tener noticia de los materiales en circulación y para crear un puente entre intereses, lectores e instrumentos de lectura.

Mientras, de forma programática, lo pretérito se afirmaba como criterio de selección dada su capacidad para dar sentido al presente, y lo novedoso hacía lo propio en función de su relevancia para la formación de una cultura científica progresista, al menos otros dos valores intervinieron con notable ímpetu, aunque con menor transparencia. Primero, para los poseedores de “títulos de nobleza cultural” (Bourdieu, 1998) que estuvieron al frente de la Biblioteca arrogándose el dominio del universo de la cultura y de los principios prácticos del gusto legítimo, una exigencia tácita al conformar los acervos fue la medida en que sus elecciones constituían un elemento de prestigio para la institución, y para ellos mismos, en tanto se exhibían capaces de apreciar y escoger obras valoradas por su distinción bibliófila. De allí que el “mérito bibliográfico innegable” que se atribuía, por ejemplo, a las primeras ediciones de Domingo Faustino Sarmiento o de Juan Bautista Alberdi, “aunque se hace en estos momentos la reimpresión”, fuese razón sobrada para justificar su incorporación, pues a la reunión de estas obras selectas “es á [sic] lo que debe principalmente tender una [b]iblioteca [p]ública” (Zinny, 1887: IV). De la misma manera, Fors justificaba la compra de “joyas bibliográficas” editadas en Europa dada “la importancia y utilidad que revisten para los bibliófilos de todos los países” (Boletín, 1901, nro. 27: 3). En segundo lugar, los intereses, inclinaciones y recorridos personales de los directores de turno también intervinieron como un criterio de selección que dejó sus huellas en el perfil de las colecciones, así como ocurrió en otras bibliotecas oficiales de América Latina (Aguirre y Salvatore, 2018). A modo ilustrativo, en la Biblioteca Nacional de Montevideo, Pedro Mascaró, su director, había instituido una colección especial “de indiscutible mérito” dedicada a la arqueología americana y a la historia natural, campos del conocimiento en los que él mismo era experto (Fors, 1903). Paralelamente, en la Biblioteca Pública bonaerense una de las manifestaciones más evidentes -si bien no la única- de la forma en que las experticias personales influyeron en la conformación de los acervos fue la creación de la destacada colección de El Quijote, y de otras obras de y sobre Miguel de Cervantes Saavedra, iniciativa impulsada por Fors en su calidad de entusiasta cervantista.

Consideraciones Finales

En el contexto del debate por los textos que era deseable reunir y conservar en un reservorio oficial a fines del siglo XIX en Argentina, desde la Biblioteca Pública situada en La Plata se propuso una colección ideal que dejara por fuera al creciente corpus de literaturas populares y de entretenimiento, incluidos aquellos textos destinados a la instrucción moralizante de los sectores subalternos; y, en su lugar, se priorizó la incorporación de recursos funcionales al desarrollo de una política memorial y a la consolidación de una cultura científica nacional. En su calidad de biblioteca central, heredera de las tradiciones y sentidos que dieron forma a la primera biblioteca pública del país, la institución bonaerense fue concebida como un lugar desde el que construir un relato de identidad nacional necesario para la consolidación del Estado moderno y como el ámbito del especialista y del erudito. En consecuencia, se priorizó el rescate y la centralización, en un sentido retrospectivo, de obras y documentos de inmenso valor histórico y de difícil localización, muchos fuera de los circuitos comerciales habituales y dispersos entre los fondos de particulares; y, al mismo tiempo, se atendió a la fundación de un sistema de acopio corriente que impidiera la futura dispersión de los documentos que hacían la historia y que se requerían para escribirla. Paralelamente, existió un marcado interés en la incorporación de obras modernas que permitieran, de un lado, estar al día con los avances y las discusiones impulsados por letrados y científicos de todo el mundo y, del otro, participar activamente en la producción internacional de conocimientos. Sobre este acuerdo elemental, otros criterios se hicieron igualmente presentes: el forzoso carácter enciclopédico de las colecciones públicas, el prestigio que las obras pudieran importar a la institución y, aunque de forma velada, los intereses y trayectorias personales de los encargados de la selección.

Con todo, en el marco del ideal proyectado, la reunión, el resguardo y el acceso a estos materiales, hasta entonces principalmente arbitrados desde el ámbito privado y entre círculos interpersonales muy restringidos, representó un verdadero desafío que la administración estatal aprendió a gestionar sobre el mismo curso de actuación. Así, y como nos proponemos desarrollar en un trabajo próximo, las condiciones materiales de adquisición, que pautaron ritmos y posibilidades de crecimiento bibliográfico, produjeron unas colecciones reales con ciertas distancias de la planificación ejemplar.

Referencias

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1Para citar este texto: Dorta, Ayelén. 2025. “Entre lo moderno y lo patrimonial: principios de acopio en la Biblioteca Pública de la Provincia de Buenos Aires (1884-1905)”. Investigación Bibliotecológica: archivonomía, bibliotecología e información 39 (105): 31-45. https://dx.doi.org/10.22201/iibi.24488321xe.2025.105.59060

Recibido: 04 de Mayo de 2025; Aprobado: 01 de Septiembre de 2025