INTRODUCCIÓN
En Argentina, la Biblioteca del Bibliotecario (en adelante, Biblioteca) comenzó a funcionar de manera pública en octubre de 1944 como parte de las políticas de lectura de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares (en adelante, Comisión Protectora) (Figura 1). En el marco de la presidencia del recientemente asumido Carlos Alberto Obligado, aunque venía formando parte de la cúpula directiva de la Comisión Protectora desde principios de 1930, se dispuso esta biblioteca cuyo propósito era satisfacer las necesidades bibliográficas de un incipiente y promisorio grupo de estudiantes de bibliotecología; esta estaría “provista de obras atinentes al libro, a la lectura y a la bibliotecología, cuya consulta facilitara el aprendizaje profesional” (Boletín, 1944, XII, 55: 1). La iniciativa constituyó una fuerte apuesta de la institución, encabezada por Obligado e instrumentada por Honorio Barbieri, Carlos Víctor Penna, Emma Linares y Josefa Emilia Sabor. Muestra del impacto público que deseaban alcanzar fue la cobertura mediática de la inauguración de la Biblioteca en diversos medios periodísticos de talla nacional de la época (Figura 2).
Fuente: Boletín, 1944, XII, 55: 2
Figura 1 Inauguración de la Biblioteca del Bibliotecario con la presencia de Carlos Alberto Obligado
Fuente: La Nación, 18 de octubre de 1944; La Razón, 17 de octubre de 1944; La Prensa, 21 de octubre de 1944; El Mundo, 30 de octubre de 1944; El Pueblo, 3 de noviembre de 1944
Figura 2 Recortes periodísticos sobre la inauguración de la Biblioteca del Bibliotecario
En sus manifestaciones públicas, la Comisión Protectora reclamó en reiteradas ocasiones la trascendencia de la creación de capacitaciones, más o menos institucionalizadas, que abogaran por cuerpos bibliotecarios especializados para consolidar a las bibliotecas de acuerdo con las concepciones que la misma institución bibliotecaria nacional difundía en sus publicaciones. Entre muchas existentes, una muestra del aval de la Comisión Protectora es el discurso pronunciado por su representante, Honorio Barbieri, en el Congreso de Bibliotecarios de 1942, en el cual remarcaba la “necesidad de preparar bibliotecarios competentes”, que a nivel práctico se evidenciaba en la “necesidad de crear cursos de biblioteconomía” (Boletín, 1942, X, 45: 3). Entonces, podemos interpretar a la implementación de la Biblioteca como el aporte con el que la Comisión Protectora decidió contribuir a la causa de la profesionalización bibliotecaria.
Al momento de la apertura de la Biblioteca, estaban institucionalizándose las primeras capacitaciones para los bibliotecarios y las bibliotecarias, que incluían contenidos específicos de la disciplina. En este marco, se instaba a los y las estudiantes a asistir a las instalaciones de la Comisión Protectora para consultar estas obras como material de aprendizaje. Luego de la experiencia fallida de la Escuela de la Universidad de Buenos Aires (UBA) creada en 1922 (Silber, 2021: 54), recién en 1944, esta casa de estudios restituyó la carrera con un plan de estudios adecuado, en mayor medida, a los requerimientos del colectivo bibliotecario, que, si bien aún no estaba conformado como tal, demandaba contenidos disciplinares útiles para el ejercicio cotidiano de la profesión. Durante el periodo de vacancia entre una y otra propuesta de la UBA, se creó en 1937 el Curso de Bibliotecología en el Museo Social Argentino, cuyo único docente fue Manuel Selva hasta 1942 (Parada, 1997: 30), y luego tomaron la dirección de la carrera José Federico Finó y Carlos Víctor Penna, quienes se habían graduado en esta misma casa de estudios.
El vínculo entre la Comisión Protectora y el Museo Social, manifiesto en las referencias frecuentes del organismo bibliotecario a esta escuela de bibliotecología como modelo a seguir por el resto de las capacitaciones que se dispusieran en el territorio argentino, se personificó en la figura de Penna y se materializó en la Biblioteca. Si bien Penna no era funcionario de la Comisión Protectora, más allá de algunos artículos de su autoría incluidos en las publicaciones del ente bibliotecario, durante los primeros veinte años de su carrera (1930-1950), en los que su intervención se limitó al alcance nacional (Sabor, 1999), tuvo un rol trascendental en muchas instituciones bibliotecarias de renombre. Durante el tiempo de gestación de la Biblioteca, Penna formó parte, al mismo tiempo, de otros tantos emprendimientos bibliotecarios relevantes para el campo: participó de la creación del Instituto Bibliotecológico de la UBA en 1943, publicó su libro Catalogación y clasificación de libros en Buenos Aires por la Agencia Acme en 1945, se desempeñó en la Biblioteca de Marina en 1946 y dirigió la Biblioteca Postal Nacional en 1947, lo que le valió, a partir de la década de 1950, una proyección internacional vinculada al planeamiento bibliotecario (Morales Campos, 1998: 81).
El catálogo resultante del ordenamiento de esta Biblioteca es el objeto de investigación de este artículo, pues, de acuerdo con nuestra hipótesis, constituye un recurso esencial para conocer dos cuestiones fundamentales; por un lado, el acervo de conocimientos considerado por la Comisión Protectora como primordial para la formación de los bibliotecarios y las bibliotecarias de acuerdo con un modelo preestablecido basado en una concepción combinada de los aspectos técnicos, pedagógicos y espirituales. Por otro lado, conocer cuáles eran las obras bibliográficas distinguidas como contenedoras de estos saberes. Reconocemos que ya se ha arribado a esta colección en ocasión del abordaje del campo bibliotecario argentino en las décadas de 1930 y 1940 (Coria, 2024a). Allí se establece una vinculación con el listado confeccionado por José Federico Finó y Luis A. Hourcade (1952), mientras que, en el presente artículo, nos dedicamos a profundizar en los aspectos cuantificables que permiten desentrañar constataciones más detalladas de cada uno de los libros escogidos y aprestados al grupo bibliotecario en formación.
ASPECTOS METODOLÓGICOS
En este artículo llevamos adelante un enfoque metodológico combinado, ya que, por una parte, realizamos un abordaje cuantitativo sobre las obras del catálogo bibliográfico reconstruido, y por otra, complementamos con un análisis documental, propio de la perspectiva cualitativa. La reconstrucción del catálogo es posible gracias a los asientos reproducidos en las publicaciones periódicas de la Comisión Protectora: Boletín de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares y Revista de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares, lo que nos circunscribe a tomar este panorama como aquel recuperado desde la información oficial. Enriquecemos, asimismo, con otras ediciones oficiales y algunas referencias incluidas en medios periodísticos, ya que era frecuente el reflejo del accionar de la institución en la prensa periódica.
El catálogo que estudiamos en este artículo está conformado por 522 citas bibliográficas publicadas en tres números diferentes de las publicaciones periódicas de la Comisión Protectora. Un primer grupo corresponde a las obras ingresadas a la Biblioteca hasta del 31 de octubre de 1944 (Boletín, 1945, 13, 59: 1-6), luego a aquellas incorporadas a partir del 1 de octubre de 1945 (Boletín, 1947, 14, 64: 56) y, por último, a las agregadas hasta del 1 de junio de 1949 (Revista, 1949, 7: 107-9). Las fechas indicadas dejan algunas vacancias temporales de adquisición de volúmenes, no obstante, reconocemos la conformación de un corpus de consideraciones significativas que nos permiten arribar a una valoración acertada de la identidad dada a esta singular propuesta de la institución bibliotecaria gubernamental.
En una estructuración preliminar de los datos, registramos los elementos de las referencias bibliográficas explicitados en las fuentes: autoría, título, año, editorial, lugar y extensión. Aquí realizamos una primera diferenciación entre las entregas de carácter monográfico y las de aparición periódica, puesto que la información brindada para cada una de ellas no era idéntica. Para el segundo caso se obviaban las anotaciones sobre autoría y se detallaban las ocurrencias con las que contaba la Biblioteca. De esta distinción surgió un conteo de 473 obras monográficas y 49 periódicas. En función de fortalecer los registros confeccionados, fue necesario un amplio rastreo de los documentos en diversos repositorios, tanto para identificar los datos faltantes como para enriquecer la descripción bibliográfica. Sobre este último punto debimos realizar algunas tareas de clasificación asignando descriptores temáticos que detallaran el alcance de los títulos analizados.
PRESENTACIÓN Y ANÁLISIS DE RESULTADOS
Para el examen cuantitativo del corpus de documentos contemplados por la Biblioteca observamos las obras de naturaleza monográfica. Se trataba de un conjunto de libros editados en los últimos 100 años antes de la conformación de esta colección, ya que el más antiguo incluido, fechado en 1840, era Apuntes para una biblioteca de escritores españoles contemporáneos, en prosa y verso del español Eugenio de Ochoa, publicado en Paris por la Librería Europea de Baudry. El resto de los decimonónicos (solo 11 ejemplares) corresponden al último tercio de la centuria, entre los que destacamos aquellos de implicancia nacional: la Memoria 1874 del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública; el Anuario bibliográfico de la República Argentina 1879 de 1880; Lectura sobre bibliotecas populares de Domingo Sarmiento, editado por la Asociación Bernardino Rivadavia en 1883; Informe a los asociados de 1884, por Emilio Castro, presidente de la Asociación Bernardino Rivadavia; y el Catálogo metódico de la biblioteca nacional, seguido de una tabla alfabética de autores de 1893, publicado por la Biblioteca Nacional argentina.
De los recursos de la colección, 97 % había sido editado en el siglo XX, coincidentemente con un acrecentamiento a medida que se acercaba a la contemporaneidad de la Biblioteca. En este conjunto, de la primera década, se incluyeron 7 obras (2 %) que, a excepción del Catálogo de la Biblioteca del Museo Mitre, editado por Martin Biedma e hijo en 1907, se trataba de publicaciones en idioma inglés, francés o traducciones. Del decenio comenzado en 1910, hallamos 19 libros (4 %), en los que es posible ubicar más producción nacional o de la región (Uruguay y Chile). Mientras que, de la década de 1920, se incluyeron 39 obras bibliográficas de más variedad temática y de procedencia, tanto por la ciudad de edición como por tratarse alternativamente de publicaciones institucionales y de los primeros referentes argentinos de la bibliotecología.
Ahora bien, el periodo delimitado en las décadas de 1930 y 1940 en Argentina es reconocido por la conjunción de un proceso de masificación de la industria editorial nacional y la expansión del campo bibliotecario que implicó la producción formalizada de una suma de saberes sobre la disciplina. Esta particular propensión es evidente en la abultada cantidad de libros del periodo considerados en la Biblioteca: de un total de 393 (85 %), 106 de ellos habían sido editados en los años 30 y 287 en los 40. La mirada sobre este corpus advierte una ampliación en las temáticas, las autorías y las procedencias de los materiales, además denota una especificidad en la materia, pues a medida que la producción de sapiencia especializada acrecentaba, estas publicaciones eran capitalizadas en esta colección no solo para ser herramienta, sino también objeto de estudio por parte de los estudiantes, y ¿por qué no? también de docentes de las carreras de bibliotecología.
Del corpus analizado, 39 % (183) de las obras eran editadas en el exterior. Se encontraban ciudades de Estados Unidos, México, Cuba, Costa Rica, Colombia, Venezuela, Perú, Paraguay, Brasil, Chile, Uruguay, España, Portugal, Italia, Francia, Bélgica, Inglaterra, Países Bajos, Suecia y Dinamarca. La representatividad de cada uno de estos países no era igual, de algunos solo se hallaron menciones únicas, como de Dinamarca; la ciudad de Upsala, Suecia; Lima y Cusco, Perú; San José, Costa Rica; Lisboa, Portugal; y Asunción, Paraguay. Las urbes con menos de 5 repeticiones fueron Caracas, Venezuela; Bruselas, Bélgica; Bogotá, Colombia; Milán, Italia; Leiden, Países Bajos; La Habana, Cuba; y Santiago de Chile. Entretanto, las localidades con entre 6 y 15 menciones fueron Essex y Londres, Inglaterra; París, Francia; Montevideo, Uruguay; Ciudad de México, México; y San Pablo y Río de Janeiro, Brasil. Por último, en orden creciente, destacaron dos países como los que más obras habían aportado al catálogo de la Biblioteca: España con 48 y Estados Unidos con 61.
Como contraparte, del total de libros incluidos en la Biblioteca, 61 % (290) fue editado en Argentina. De ese corpus, solo 17 % atañía a publicaciones producidas en el interior del país. De estos, la mayor cantidad correspondía a la provincia de Santa Fe (18), por la coincidente ubicación de Rosario como receptora de reconocidas entidades bibliotecarias, y luego Córdoba (12), de características socioculturales afines. Mientras que, la otra gran porción (83 %) eran libros editados en la ciudad o en el interior de la provincia de Buenos Aires. Esta preponderancia se justifica si reconocemos que en las grandes metrópolis se producían las concentraciones de los circuitos de producción del saber y, además, porque muchos de los ejemplares de la Biblioteca correspondían a publicaciones oficiales cuyas casas gubernamentales editoras estaban en la capital del país.
Entonces, la Comisión Protectora fomentaba las producciones editoriales de nuestro país, así como la lectura de autores argentinos. Aún así, sabemos que la bibliografía sobre bibliotecología editada localmente no era abundante. Obviamente, las cifras aquí reveladas deben interpretarse a la luz de un proceso de expansión editorial nacional que no estaba acompañado de la misma manera con un crecimiento de la producción libraria sobre bibliotecología. Una primera consideración sobre la autoría de los materiales de la Biblioteca refiere al carácter personal o institucional de la misma, ya que advertimos, incluso preponderantemente en el último segmento de ampliación del catálogo, una significativa cantidad (185, porcentualmente representa 39 % de la colección) de materiales provenientes de entidades con diversas finalidades. De acuerdo con estas intenciones, describimos tres grupos de obras. Una parte corresponde a los textos, generalmente de corta extensión, generados del ejercicio cotidiano de las asociaciones; aquí encontramos memorias, balances, crónicas de actividades y reseñas históricas de bibliotecas populares de diversos puntos del país. Otro fragmento coincidía con publicaciones emitidas por organismos gubernamentales, tales como el Consejo Nacional de Educación, el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, el Instituto Nacional de Previsión Social, entre otros, que debían divulgar las políticas que desarrollaban a través de informes, memorias, recuentos estadísticos e informaciones administrativas. Una última parte refiere a aquellas obras emanadas de instituciones bibliotecarias de renombre, de carácter internacional, como la American Library Association de Estados Unidos, la Asociación de Libreros de México, The Library of Congress de Estados Unidos, la National Book Council de Inglaterra, el Instituto Nacional do Livro de Brasil y la Biblioteca Apostólica Vaticana de Ciudad del Vaticano, entre otras, y también las había de carácter nacional. Justamente esta última porción coincidía con entidades dedicadas a potenciar el campo bibliotecario en el país, a la vez que respondían como una dependencia estatal, entre las que ubicamos a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, el Instituto Bibliotecológico de la UBA, las bibliotecas de universidades nacionales, la Biblioteca del Congreso de la Nación, la Biblioteca Nacional de Maestros, la Cámara Argentina del Libro y la misma Comisión Protectora.
Ahora, de las obras de autoría personal, que representaban 55 % del catálogo (259), 43 % eran de argentinos (111). Si observamos esta cuestión en relación con la representatividad de editoriales argentinas (61 %), vemos que estas últimas reflejaban un mayor porcentaje de los libros en la Biblioteca, por lo que esta diferencia evidencia que las casas de Argentina no difundían únicamente autores locales. Al abordar el alcance temático de la Biblioteca, más allá del evidente criterio de selección de acuerdo con su propósito principal, debemos hacer una primera diferenciación entre, por un lado, los libros dedicados a la bibliotecología y disciplinas afines, tales como la archivística, la producción gráfica y editorial, así como también fuentes de referencia; y, por el otro lado, los de literatura. La representación no era proporcional, pues los primeros representaban 84 % del corpus completo, mientras que las piezas literarias que pertenecían suponían 8 % del catálogo. El material restante (6 %) respondía a otras disciplinas concomitantes: educación (15), cultura (8), historia (4); o accesorias, como periodismo (2), administración (1), medicina (1), derecho (1), lingüística (1). Sobre estas últimas materias no nos ocupamos en este artículo, sino que nuestro enfoque se circunscribe a libros sobre bibliotecología y temáticas relacionadas.
En este sentido, realizamos una distinción entre producciones de contenido y documentos institucionales. Durante el transcurso en que observamos el crecimiento del catálogo, notamos que el primer corpus bibliográfico con el que se inauguró la Biblioteca se dedicaba principalmente a considerar aquellos libros editados hasta el momento que sirvieran como complemento formativo real de los estudiantes de bibliotecología. En la reconstrucción a partir de los dos siguientes acervos se halló mayor cantidad de escritos que resultaban de los procesos de donación y depósito legal que la Comisión Protectora percibía. Un caso singular en la combinación de estas dos intenciones son las publicaciones de la Comisión Protectora que, como parte de su maquinaria comunicativa, tuvieron la misión de llevar saberes a las asociaciones desperdigadas por el territorio argentino y, al mismo tiempo, funcionar como un medio de propaganda del accionar de la institución durante las décadas de 1930 y 1940 (Coria, 2024b).
Tal como observamos en el análisis autoral del catálogo, las publicaciones institucionales respondían a dos procedencias principales -aquí condensamos los dos últimos grupos-: por un lado, las de los organismos gubernamentales editores de escritos como medios de promoción y registro de sus funciones y, por el otro, las que surgían de las bibliotecas populares que producían desde su quehacer cotidiano y que enviaban a la Comisión Protectora para su conocimiento. Solo 5 % de los documentos aportados por asociaciones populares conformaron a la Biblioteca, no obstante, percibimos la gran significancia de los aportes de bibliotecas de diversa índole, como las obreras, las estudiantiles, las infantiles y las fabriles, que se localizaban en regiones distantes del centro del país. Un ejemplo de este tipo de obras es La Biblioteca Popular de Azul desde su fundación de la entidad homónima bonaerense de 1929, además de numerosos catálogos, índices, inventarios, listas, estatutos y memorias.
Ahora bien, de los libros de bibliotecología dedicados a impartir conocimientos teóricos y prácticos sobre la disciplina (84 %) hallamos, al menos, dos tendencias en los ejemplares de la Biblioteca: por una parte, un corpus de carácter enciclopédico y, por la otra, uno de especificaciones subtemáticas. Del primero, los manuales y los tratados fueron los tipos textuales por excelencia, que tuvieron gran auge durante el periodo de profesionalización bibliotecaria (Planas, 2024b), pero que luego se fueron reemplazando por escritos más especializados. Los libros de carácter generalista considerados en esta colección fueron: Manual del bibliotecario / Reglas elementales para la organización de bibliotecas públicas, populares, escolares, etc. de Santiago Amaral, de 1916; la versión reducida de Le Livre, titulada Petit manuel de l’amateur de livres de Albert Cimochowski, editada por Flammarion en 1927; el “magnífico” Manual de bibliotecnia -en palabras de Penna (1985, 45:02 min) - de 1939 y Tratado de bibliotecnia de 1944, ambos de Manuel Selva (Planas, 2024a); Manual del bibliotecario de Juana Manrique de Lara, de 1942; Manual del catálogo diccionario de Juan Vicens, editado por Atlante en 1942; Manual práctico de clasificación y catalogación de bibliotecas de Jorge Aguayo, de 1943; Manual de biblioeconomía / Clasificación decimal, catalogación metódico-analítica y organización funcional de bibliotecas de José Antonio Ramos y Aguirre, de 1943; Clasificación bibliográfica decimal / Manual compendiado del Instituto Internacional de Bruselas de Margaret M. Hardman, de 1945; Manual del bibliotecario de Arnim Graesel, publicado en los años 1913 y 1914; Manuale del bibliotecario de Giulio Petzholdt, editado por Hoepli en 1894; y Tratado de clasificación y archivo de Jaime Vicens Carrió, editado por Labor en 1946.
Mientras que, los ejemplares de bibliotecología que abordaban tópicos específicos de la disciplina trataban sobre el libro, la lectura, la organización de la institución bibliotecaria, la bibliofilia, el rol de los bibliotecarios y bibliotecarias, la historia del libro y de las bibliotecas, los servicios bibliotecarios, la catalogación, la clasificación y los diversos tipos de bibliotecas: escolares, infantiles, nacionales, hospitalarias, públicas y populares, entre otros. El tópico con mayor cantidad de bibliografía dedicada (37 volúmenes) era el destinado a impartir directrices sobre el procesamiento técnico de los materiales de las bibliotecas. La justificación de este tipo de literatura es evidente: en un contexto de escasez de especificidad en las capacitaciones y con muchas bibliotecas con poca sistematización de sus fondos, que en palabras de Penna (1985, 44:40 min) lo describía como que “cada biblioteca estaba organizada a su criterio”, era urgentemente necesario transmitir conocimientos sobre formas estandarizadas de organizar, describir y ofrecer las colecciones bibliográficas. Aquí hallamos obras de variada procedencia autoral, tanto institucional como personal y editadas tanto en el país como en casas extranjeras. Los autores argentinos convocados para esta temática particular fueron Manuel Selva con Guía para organización, fichado y catalogación de mapotecas editada por Suárez en 1941, el tucumano Enrique Kreibohm con un folleto titulado Menosprecio y valorización de la clasificación decimal de 1942, Alfredo Cónsole con Catálogo diccionario editado por Ferrari en 1948, José Federico Finó con Encabezamientos de entes colectivos / Aporte a las tareas del Comité Latinoamericano de catalogación y el mismo Penna con Catalogación y clasificación de libros, editado por la Agencia Acme en 1945.
Otra cuestión que marca la especialización de la formación bibliotecaria es la porción de la colección destinada a temas históricos, tanto del libro como de las bibliotecas. Naturalmente, no existía una gran cantidad de estos estudios en nuestro país, sin embargo, fueron recuperados algunos valiosos, como Nuestras bibliotecas desde 1810 de Amador Lucero, editado por Coni en 1910, e Historia del libro y de las bibliotecas argentinas de Nicanor Sarmiento, editado por Veggia en 1930, ambas obras reconocidas por Planas (2018: 27) como derivaciones de la política bibliotecaria originada en el último tercio del siglo anterior. Así como también lo fueron El libro, la imprenta y el periodismo en América, durante la dominación española de José Torre Revello, editado por Peuser en 1940; Libreros, editores e impresores de Buenos Aires de Domingo Buonocore, editado por El Ateneo en 1944; y Bibliotecas argentinas durante la dominación hispánica de Guillermo Furlong, de Huarpes en 1944: todos textos ineludibles al momento de revisar la construcción del sistema bibliotecario de nuestro país.
Mención especial reviste la cantidad de obras dedicadas a revalorizar el sistema bibliotecario norteamericano, tanto por la inclusión de publicaciones editadas en ese lugar y de autores y autoras originarias del país, como producciones de otros puntos geográficos que distinguían la historia, el funcionamiento y los servicios brindados por las bibliotecas de Estados Unidos. En Argentina, después de Domingo Sarmiento, de quien se incorporaron el mencionado libro de 1883 y la edición de la Comisión Protectora de Páginas selectas de Sarmiento sobre bibliotecas populares de 1939, Ernesto Nelson fue quien reintrodujo esta corriente en nuestro país. La presencia de este autor en la Biblioteca se advierte con las dos ediciones de Las bibliotecas en los Estados Unidos de 1927 y 1929, La función educacional de la biblioteca pública de 1930 y la conferencia Sarmiento y los Estados Unidos de Norteamérica de 1945.
El recorrido dado hasta aquí nos proporciona un panorama sobre el significado de la conformación de esta colección en el contexto de una institución bibliotecológica gubernamental que atendía los requerimientos de un establecimiento educativo particular. No obstante, esta propuesta no se trataba de una política aislada de la Comisión Protectora, por cuanto acentuaba las progresiones que lograron consolidar el campo bibliotecario nacional en este tiempo. En ese sentido, el grupo de bibliotecarios que configuraban la escena presenciaban y motorizaban las acciones en las entidades clave, en este caso la Comisión Protectora y el Museo Social. En la Biblioteca concurrían, a través de sus escritos, además de los mencionados, de Penna: La biblioteca de la Universidad de 1944, Bolivia y su futuro bibliotecológico de 1945, Ideas para una colección integral entre bibliotecas argentinas de 1945 y Necesidad de una conciencia bibliotecológica de 1948. Del otro regente de la escuela de bibliotecología, Finó, además de la obra de encabezamientos mencionada, se consideró Elementos de bibliología, editado por Coni en 1940, y otros escritos de menor extensión, como la separata Temas bibliotecarios / Especialización de las bibliotecas, tradición bibliotecaria, editada por la Universidad Nacional del Litoral (UNL) en 1942; Los estudios del bibliotecario, editado por Coni en 1944; El servicio de referencias en materia legal, editado por la UNL en 1946; Lista de bibliotecas especializadas de Buenos Aires (con Leonor Ruiz), editado por la Unión Industrial Argentina en 1948; y Guía de bibliotecas argentinas especializadas, de 1949. Para completar el estudio, resulta necesario destacar la presencia de otros referentes de la bibliotecología de aquellos momentos, como lo eran Alfredo Cónsole, Ernesto Gietz, German García, Domingo Buonocore, Ángel M. Giménez, mencionados sin ningún orden de preferencia. Lo que, como contraparte, deja en evidencia algunas ausencias significativas, como ciertas obras de los ya mencionados o autores que contribuyeron con obras de gran influencia en su tiempo, como Vicente Quesada, Juan Tumburus o Federico Birabén, quienes no fueron considerados en la Biblioteca.
Por último, nos interesa destacar una cuestión singular surgida de la revisión del catálogo: del total de obras incluidas en la Biblioteca, solo 24 de ellas (5 %) correspondían a autoras. Una primera observación determina que la mayoría de ellas provenían del campo bibliotecario, aunque también había representantes de otras disciplinas, tales como literatura, con Victoria Ocampo; psicología, con Gladys Lowe Anderson; y educación, con María Elina R. B. de Demaría y María Velasco y Arias. Entre las bibliotecarias, destacaban en cantidad las de origen estadounidense, como Jennie Maas Flexner, Ethel Marion Fair, Helen Elizabeth Haines, Margery Closey Quigley, Lucile Foster Fargo, Anne Thaxter Eaton, Louise Marion Moshier, Helena S. Lefevre, Margaret Mann, Effie Louise Power, Elizabeth Pomeroy, Beatrice Sawyer Rossell, Susan Grey Akers y Margaret M. Hardman. Así como, también, había representación de la mexicana Juana Manrique de Lara y de las españolas María Miralda y Aurora Díaz Plaja. De Argentina, solo se convocaron a Leonor Ruiz con la guía de bibliotecas confeccionada junto a Finó; Angélica Rojas de Álvarez con El niño y sus libros, editada por Kapeluz en 1939; y Bibliotecas preventorios / El niño del pueblo, de El Ateneo de 1943; y la entrerriana Camila Enriqueta Nievas de Capdevila con La biblioteca en Berlín, editada por La Hobena en 1943: informe resultante de su recorrido por las bibliotecas europeas como representante de su provincia.
CONSIDERACIONES FINALES
El análisis sobre los libros de la Biblioteca realizado en este artículo, que deja por fuera en esta instancia la indagación de las publicaciones periódicas, nos hace considerar dos cuestiones esenciales para comprender su anclaje en el campo bibliotecario argentino. Por una parte, la vinculación entre el ideal bibliotecario que la Comisión Protectora difundía en sus publicaciones, basado en una concepción multifuncional, y el corpus bibliográfico confeccionado por la misma institución y los responsables que designó a su cargo. La Comisión Protectora, así como mucha de la bibliografía de la época, concebía que los bibliotecarios y las bibliotecarias al frente de las asociaciones debían manejar excesivos conocimientos que incluían roles que, muchas veces, escapaban a su alcance, tales como los de auxiliar pedagógico, guía espiritual, técnico experto, formador lector, instrumento cívico, celador del ocio, entre otros. Sin embargo, a partir del enlace que el organismo bibliotecario mantuvo como el curso, posterior escuela, de bibliotecología del Museo Social, afinó su presunción hacia la tecnificación de la profesión, dejando atrás la concepción más romantizada de la profesión. Es así como, en el catálogo de la Biblioteca, evidenciamos la preponderancia dada a los saberes más prácticos en el mayor porcentaje de obras incorporadas dedicadas a temas técnicos.
Y, por otra parte, la segunda cuestión, el panorama de la producción bibliotecaria argentina hasta fines de la década de 1940 y la incorporación de bibliografía extranjera en nuestro campo. La Biblioteca, que no era una colección creada con fines universalistas ni generalistas, sino para ser usada de forma intensiva y extensiva por estudiantes de bibliotecología, contenía el 85 % de material editado en los últimos 15 o 20 años. Esto evidenciaba la intención de disponer contenido actualizado, que además correspondía con la masificación de la circulación de saberes de la disciplina en las décadas de 1930 y 1940. De este modo, la Biblioteca localizó e incorporó toda esta bibliografía a su alcance, con una fuerte preponderancia de la editada en Argentina y escrita por autores nacionales. Si bien no recuperaban todos los trabajos de estos últimos, hay una representación bibliográfica suficiente como para delinear la pequeña comunidad bibliotecaria referente, tan necesaria en tiempos de escasos egresados y muchas bibliotecas por administrar, ordenar y recuperar, en la que se destacaban los nombres de Carlos Víctor Penna, Manuel Selva, Alfredo Cónsole, Ernesto Gietz, German García, Domingo Buonocore, Ángel M. Giménez y José Federico Finó. Tal como detallábamos, la ausencia de autoras bibliotecarias argentinas era innegable, aunque ya algunas de ellas empezaban a figurar de manera frecuente. El rastro internacional muestra una marcada tendencia por reponer autores y autoras e instituciones de Estados Unidos, cuestión habitual en el marco de la Comisión Protectora, desde la originaria idea de Sarmiento, retomada en este tiempo por Nelson, para organizar las bibliotecas populares en Argentina, e inspirada en el sistema de aquel país.
En el transcurso de los años que pasaron desde la inauguración de la Biblioteca en 1944, y a medida que iban sumándose obras a la colección, los sesgos de su conformación variaron. Un factor de este cambio puede vincularse con el hecho de que al mismo tiempo que la Biblioteca se agrandaba, estaban publicándose los libros que la conformarían. Aun así, resulta más fuerte la impronta que identifica mayor cantidad de documentos institucionales a medida que avanzaba la segunda parte de la década de 1940. Una justificación viable podría ser que el primer corpus fue pensado conscientemente para funcionar como un complemento de la formación, no obstante, luego, la colección continuó creciendo a partir de los libros percibidos por los canales de donación y de depósito legal. O bien, es posible pensar que el primer impulso dado por Penna y sus ayudantes en sus inicios fue diluyéndose, y la selección y el destino de la colección, al no hallar un asidero institucional concreto, fue tomando una dinámica más propia de una central bibliográfica que de una institución desvelada por la profesionalización bibliotecaria.