INTRODUCCIÓN
Perspectivas historiográficas
Desde un punto de vista historiográfico, la evolución del papel de las mujeres en las bibliotecas ha sido abordada desde diversas corrientes, incluyendo los estudios de género, la historia social y la historia del trabajo. Investigaciones previas demuestran cómo la biblioteconomía, profesión feminizada, revela patrones históricos de desigualdad de género (Garrison, 1979; Grotzinger, 1983: 374-76; Maack, 1982: 166)
Desde el siglo XIX, los estudios sobre la historia de las mujeres han evolucionado pasando de una persistente invisibilización hasta convertirse en un campo consolidado dentro de la historiografía actual. Se ha progresado desde perspectivas que las mantenían como figuras secundarias dentro de la historiografía tradicional hasta enfoques más actuales, donde se presentan como protagonistas de sus propias narrativas. En este periodo, la historia social comenzó a darles visibilidad en distintos ámbitos, destacando su contribución en sectores como la educación, la biblioteconomía o la enfermería. Posteriormente, la historia laboral incorporó un análisis más exhaustivo sobre la participación de las mujeres en el mercado de trabajo, centrándose en los cargos de responsabilidad, la brecha salarial y la segregación laboral por género en diferentes profesiones (Tilly y Scott, 2016).
A partir de los años 70 y coincidiendo con el avance feminista, los estudios de género integraron un nuevo enfoque que permitió conocer mejor las relaciones de poder y las identidades en los espacios laborales. Este análisis reveló que las mujeres han sido tradicionalmente discriminadas y relegadas a funciones relacionadas con los cuidados y roles domésticos, hecho que ha impactado directamente en el acceso a posiciones de liderazgo y escalas salariales (Tilly y Scott, 2016). Respecto al sector de las bibliotecas, esta perspectiva ha sido fundamental para entender por qué, a pesar de ser un sector altamente feminizado, la dirección y la toma de decisiones han estado históricamente en manos de los hombres (Garrison, 1979).
De modo similar, diferentes estudios inspirados en la historia feminista han destacado el papel de las bibliotecarias no solo como trabajadoras, sino como agentes fundamentales en la profesionalización del sector, principalmente en los espacios de formación y aprendizaje a lo largo del siglo XX. Asimismo, la historia social ha situado el acceso de las mujeres a la profesión bibliotecaria dentro de las dinámicas de la educación y el trabajo femenino en los siglos XIX y XX, donde la biblioteconomía se convirtió en una vía de profesionalización para muchas mujeres en un contexto de gran transformación social (Garrison, 1979; Maack, 1998: 56).
Evolución de las mujeres en la profesión
En los inicios de la profesión bibliotecaria en Estados Unidos, aproximadamente entre los años 1880 y 1920, las mujeres estadounidenses protagonizaron un papel destacado no solo en el campo de las bibliotecas, sino en general en el ámbito laboral, pues accedieron de forma masiva a una serie de sectores y crearon y ampliaron otros. La enfermería, la enseñanza, la biblioteconomía o el trabajo social se convirtieron prácticamente desde sus inicios en trabajos ocupados mayoritariamente por mujeres. En breve cuestión de tiempo, muchas de estas profesiones se feminizaron, un proceso que desplazó a las mujeres a puestos administrativos de baja responsabilidad, deprimió los salarios y puso límites a su avance profesional.
En menos de 50 años, el número de bibliotecas estadounidenses prácticamente se duplicó, y a medida que estas nuevas bibliotecas iban consolidándose, las existentes ampliaron sus funciones y alcances, con nuevos servicios en las secciones de referencia, infantil y juvenil, catalogación o extensión bibliotecaria, entre otras nuevas. A consecuencia de este crecimiento, el número de profesionales se triplicó durante las dos primeras décadas del siglo XX y, en 1920, año en el que las mujeres estadounidenses consiguieron votar por primera vez, representaron más del 88 % de los más de quince mil bibliotecarios censados (Maack, 1998: 52).
Después de la Segunda Guerra Mundial se promovió el reclutamiento masculino en biblioteconomía mediante incentivos salariales y becas de formación. No obstante, la igualdad salarial entre hombres y mujeres no se establecería hasta los años 60. A medida que aumentaba el número de escuelas de biblioteconomía acreditadas, disminuía el número de mujeres en cargos de liderazgo, hecho que concluyó en una pérdida de poder y prestigio para las mujeres en la educación bibliotecaria cuyas reminiscencias han llegado hasta nuestros días.
El cambio demográfico producido en el sector de la biblioteconomía en la última mitad del siglo XX estuvo caracterizado por esa pérdida de estatus y representatividad para las mujeres bibliotecarias debido a la masculinización de la profesión. Se sumaron además en este periodo los nuevos avances tecnológicos en las tareas bibliotecarias, donde los roles de género establecieron también una división y discriminación laboral.
PROCESO METODOLÓGICO
Los procedimientos adoptados en este estudio comienzan con la búsqueda de trabajos en repertorios bibliográficos especializados y en las bases de datos LISA y JSTOR. En estas dos últimas, se realizó la pesquisa en los meses de abril y marzo de 2024 respectivamente a través de los formularios de búsqueda avanzada de las propias bases de datos, utilizando operadores booleanos con las palabras clave “librar* women”, AND “career”.
En la consulta en LISA <http://proquest.libguides.com/lisa> se utilizaron los siguientes filtros:
Tipo de fuente: revistas científicas y profesionales.
Documento: artículo.
Fecha de publicación: todos (1972-2024).
Idioma: inglés.
Filtro de materias: limitadas a los términos “librarians”, OR “library personnel”, OR “women”, OR “careers”, OR “gender”.
Se recuperaron 1 477 resultados que fueron ordenados cronológicamente.
Respecto a la consulta en JSTOR <https://www.jstor.org/journal/thejlibrhist>, la búsqueda fue similar:
Términos de búsqueda booleana: “librar* women”, “career”.
Access type: everything.
Articles and books.
Language: English.
Journal filter: library science.
A raíz de estas investigaciones y búsquedas, se han recuperado 491 artículos, de los cuales, 456 aparecen en revistas científicas y 35 son capítulos de libros. A posteriori, se realizó una selección y análisis en función de las citas y la relevancia de los autores.
LA FEMINIZACIÓN EN LAS BIBLIOTECAS ESTADOUNIDENSES
A pesar del creciente interés por parte de numerosos investigadores estadounidenses especializados en la historia de su propio país y en concreto por el desarrollo del sector laboral y el nacimiento de nuevas profesiones durante finales del siglo XIX y principios del XX, se ha tenido muy poco en cuenta aquellos trabajos feminizados donde las mujeres constituían la mayoría de sus profesionales. Una gran parte de los estudios sobre profesiones han ignorado la cuestión del género. Es a partir de los años 70 cuando estos estudios sobre la profesión bibliotecaria comenzaron a desarrollarse de manera amplia en el ámbito anglosajón, principalmente en Estados Unidos. Y fue a partir de los años 80 cuando surgió un corpus de trabajos especializados sobre este sector.
Para estudiar el impacto de la feminización sobre la profesionalización en las bibliotecas estadounidenses deben establecerse varias etapas:
Primera etapa: mujeres bibliotecarias pioneras (1887-1923)
A finales del siglo XIX, la biblioteconomía en Estados Unidos era una profesión relacionada en mayor medida con la custodia de libros y la conservación de colecciones pequeñas y restringidas, más que con la promoción de la lectura y el conocimiento. A medida que se establecieron en la profesión en la década de 1890, la primera generación de mujeres graduadas en las escuelas de biblioteconomía adoptó los nuevos ideales de servicio originados en el sector de la educación pública y definieron la profesión como una ocupación de servicio. Esta primera generación de bibliotecarias diplomadas en escuelas y colegios femeninos transformó una ocupación temporal, desarrollada por profesores a tiempo parcial, en una ocupación de servicio a tiempo completo (Brand, 1983: 30). Ellas fueron las pioneras e impulsoras de la profesión; crearon centros de formación para otras mujeres bibliotecarias y en muchos casos ejercieron de directoras. Sin embargo, desde los inicios tuvieron que sobrellevar también la desigualdad y discriminación sexual que existía en sus puestos de trabajo (Garrison, 1972: 141-42).
Uno de los artículos pioneros en dar la voz de alarma sobre esa desigualdad fue “The Disadvantaged Majority”, de Anita Schiller (1970: 346-48). La autora expone que en la mayoría de las ocupaciones las mujeres son una minoría escasamente favorecida, mientras que en la biblioteconomía son la gran mayoría desfavorecida. Y propuso una serie de medidas que la American Library Association (ALA) debía implementar para solucionarlo. Este artículo, publicado en la revista
American Libraries, el principal medio de difusión para todos los miembros de la ALA en ese entonces, fue una llamada a la acción para la profesión. La autora mostró la situación de desigualdad creciente entre las mujeres bibliotecarias en relación con el liderazgo y los sueldos, además de la poca atención que se le estaba dedicando al tema. Asimismo, criticaba la pasividad de la ALA al no reconocer la situación y bajo estatus de la mujer en la profesión. Este fue el primer artículo en desafiar abiertamente a la ALA por su inacción respecto a la condición de la mujer en la biblioteconomía, y su gran influjo provocó la creación de grupos de estudio en las asociaciones profesionales de aquel momento.
También el trabajo de la historiadora Dee Garrison, Apostles of Culture: The Public Librarian and American Society, 1876-1920 (1979), se convirtió en el primer gran libro de estudio sobre la influencia del género en la profesionalización de un sector feminizado como el de las bibliotecas. Esta obra es clave para entender la biblioteconomía estadounidense. En ella, Garrison aporta las claves de la feminización de la profesión a través de una visión tanto historiográfica como social. En la misma línea se sitúa Suzanne Hildenbrand con su obra Reclaiming the American Library Past: Writing the Women in (1996), donde la autora pone de manifiesto el estrecho enfoque que sucedió en un primer momento en la historia de las bibliotecas, en el cual destacaban solamente a los líderes blancos masculinos y sus instituciones. Esta perspectiva resultaba insuficiente, pues invisibilizaba la presencia y centralidad de las mujeres en el desarrollo de las bibliotecas.
Una de las formas de reparar la historia oficial de las mujeres bibliotecarias ha sido a través de biografías. Entre los ensayos de la obra que publicó Heim (1983), está presente un estudio de Lauren Grotzinger: “Biographical Research on Women Librarians: Its Paucity, Perils and Pleasure”. Este artículo es un trabajo de vanguardia sobre investigación biográfica acerca de mujeres bibliotecarias, donde aparecen las biografías de 14 bibliotecarias pioneras que ayudaron a definir la profesión en sus primeros años. Asimismo, Heim y Estabrook publicaron, en 1983, Careers Profiles and Sex Discrimination in the Library Profession, una encuesta patrocinada por la ALA que fue enviada a 3 000 miembros de la Asociación y que evidenció importantes diferencias de género.
Oficio mal pagado
Salome Cutler Fairchild publicó en 1904 los datos de una encuesta estadística de la ALA titulada “Women in American Libraries”, que fueron presentados en el congreso de la asociación en 1903. Fue la primera constatación real de la división sexual en las bibliotecas. La encuesta de Fairchild (1904: 157-59) mostraba que en los puestos de responsabilidad de las grandes bibliotecas los salarios masculinos triplicaban largamente los salarios femeninos; en las bibliotecas pequeñas, los doblaban con mucha frecuencia. En un estudio de 94 bibliotecas con 2 958 empleados, 2 024 eran mujeres. Es, por tanto, un hecho constatado la feminización dentro del grupo de estudio. De media, el salario mayor entre los hombres en las grandes bibliotecas era de 7 000 dólares y el más bajo de 3 000 dólares. En el caso de las mujeres, el más alto era de 2 100 dólares.
Fue también en este periodo, entre 1902 y 1908, cuando tuvieron lugar los procesos de exclusión de las mujeres de los puestos más importantes (Carmichael, 1986; Wiegand, 1981: 156-57).
Informe Williamson
Después de realizar su investigación entre 1920 y 1921, Charles C. Williamson (1921) demostró claramente que muy pocas de las quince escuelas de biblioteconomía que existían entonces tenían el profesorado o las instalaciones adecuadas para igualarse con otros departamentos de posgrado o escuelas profesionales, principalmente debido a la falta de distinción entre los aspectos administrativos y los profesionales de la biblioteconomía. El motivo principal era que generalmente el trabajo bibliotecario era considerado trabajo administrativo, y en muchas ocasiones lo llamaban ‘trabajo de mujeres’.
En 1921, Williamson publicó Training for Library Work y posteriormente Training for Library Service (1923): un proyecto que salió a la luz a raíz de la evaluación que el propio autor realizó después de la visita a 15 escuelas de formación en biblioteconomía que ofrecían al menos un año de enseñanza. Cuando el informe Williamson se publicó, se convirtió en un valioso trabajo de referencia que arrojó mucha luz sobre la educación y formación bibliotecarias.
Las bibliotecarias que además fueron profesoras en las escuelas de formación desconocían el hecho de que su participación fuese considerada una desventaja por el hecho de ser mujeres, y tampoco fueron conscientes de las desigualdades institucionales a las que tendrían que enfrentarse dentro de la academia.
Es necesario resaltar que el contexto fue vital para comprender la feminización de las bibliotecas. Autoras como Hildenbrand (1983), Rossiter (1982: 350) o Schiller (1964: 86) afirman que gracias a las redes de mujeres ellas consiguieron los mejores puestos profesionales hacia 1920. El periodo concluyó con la obtención del voto femenino en Estados Unidos y por el informe Williamson.
Segunda etapa: feminización o desprestigio de la profesión (1924-1951)
El papel de las mujeres en las escuelas de biblioteconomía experimentó un cambio significativo en el último siglo. En 1900, tres de cada cuatro escuelas estaban dirigidas por mujeres; sin embargo, en 1984-1985, las mujeres ocupaban solo el 32 % de los cargos directivos en programas acreditados y menos del 50 % de los puestos docentes (Maack, 1982: 168). Esta disminución del estatus femenino en puestos de alta responsabilidad ocurrió en un periodo de creciente profesionalización de la biblioteconomía. La Graduate School of Library de Chicago simboliza esa profesionalización al introducir métodos científicos de investigación. Aunque en 1928-1929 la promoción era exclusivamente femenina, en 1935 había el doble de hombres que de mujeres. Ellos tenían más fácil acceso a los programas de doctorado y a becas para realizarlos, mientras que las mujeres encontraban muchas más dificultades y terminaban por autofinanciarse sus estudios superiores (Maack, 1998: 53).
La profesión de bibliotecario se percibía como un oficio de mujer caracterizado por ser transitorio, carecer de responsabilidades, repetitivo y, además, mal remunerado.
Todo este cambio de paradigma fue consecuencia de la segregación jerárquica y territorial que sufría la mujer en la academia y, según Rossiter (1986: 48), también en sectores como las ciencias, donde había disciplinas privativas de un sexo, como la biología o la química, pero los puestos de poder lo eran del otro.
La profesión bibliotecaria sufrió en la década de 1930 una ‘guerra de sexos’. Se planteaba entonces la cuestión de que el predominio de mujeres era algo negativo y se argumentaban las implicaciones que esto tendría para la percepción de la profesionalización en el sector. Asimismo, se creó un círculo vicioso entre género y salarios: las mujeres ocupaban los trabajos en las bibliotecas debido a los bajos salarios que no atraían a los hombres y, a su vez, se mantenían bajos porque las mujeres ocupaban esos puestos.
Tercera etapa: la masculinización del sector (1951-1985)
Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, el reclutamiento masculino fue activo, apoyándose fundamentalmente en una revalorización salarial y una política de becas de formación. Por otro lado, en los años 60 se instauró la política de igualdad salarial, que contribuyó a mejorar las condiciones laborales de las mujeres bibliotecarias.
La resistencia de los centros de formación
Entre 1951 y 1985, se produjo un cambio demográfico en el sector de la biblioteconomía caracterizado por la masculinización de la profesión, con la disminución gradual de la representación de mujeres en cargos de liderazgo, aunque también hubo mujeres que lograron destacar en áreas específicas dentro de la profesión (Heim, 1985: 35).
Después de la Segunda Guerra Mundial se promovió el reclutamiento masculino en biblioteconomía mediante incentivos salariales y becas de formación. No obstante, la igualdad salarial entre hombres y mujeres no se establecería hasta los años 60 (Rossiter, 1978: 150). Asimismo, Heim (1983: 208) señaló esta lentitud en los cambios y la escasa decisión en la profesión de las mujeres a pesar de constituir una mayoría en ella.
Nancy Patricia O’Brien (1983), en su capítulo: “The Recruitment of Men Into Librarianship Following World War II”, argumenta de forma convincente que el reclutamiento impulsado desde la ALA y otras asociaciones de bibliotecas que intentaban introducir a más hombres en el sector se llevó a cabo para contrarrestar lo que se percibía como un problema de imagen para la profesión. Como resultado de ese esfuerzo, finalmente el sector contó con un mayor número de hombres que rápidamente obtuvieron la mayor parte de los puestos administrativos superiores, mientras que las mujeres, que componían la mayoría de las categorías y rangos de la profesión, continuaron desempeñando cargos administrativos inferiores.
En el entorno académico, las profesoras bibliotecarias que comenzaron sus carreras con el antiguo sistema se encontraron en un medio mucho más agresivo. A medida que aumentaba el número de escuelas de biblioteconomía acreditadas, disminuía el número de mujeres en cargos de liderazgo. Y esto se tradujo en una pérdida de poder y prestigio para ellas dentro de la educación y formación bibliotecaria. Las universidades y escuelas profesionales buscaban aumentar la representación masculina para elevar su prestigio, hecho que ocurrió principalmente después de la Segunda Guerra Mundial.
La mayor parte de las escuelas de biblioteconomía acreditadas según la nueva normativa continuaron considerándose feminizadas en relación con su institución, donde las mujeres constituían una pequeña minoría del profesorado (Maack, 1982: 172).
En 1955, solo el 22 % de los puestos docentes universitarios estaban ocupados por mujeres, y en muchas instituciones se comenzó a seguir el ejemplo de las universidades prestigiosas seleccionando a profesores varones. Los puestos de responsabilidad estaban en sus manos; así el 80 % de los decanatos eran masculinos.
A pesar del fuerte auge que tuvo el feminismo en los años 60, la masculinización del sector está relacionada directamente con el papel de líderes en las escuelas que dependían de las grandes universidades, donde el sesgo machista tenía una larga tradición histórica (Maack, 1982: 168).
Cuarta etapa: tecnología y feminización en las bibliotecas
A partir de los años 80, las hipótesis barajadas sobre las causas de la desigualdad entre hombres y mujeres en las bibliotecas se dividen en dos grupos. Las endógenas a las mujeres, centradas en estudios sobre sus motivaciones, ambiciones y renuncia a la carrera profesional. En este sentido, Roma M. Harris, en su estudio “Career Aspirations of M.L.S. Students” (1986: 34), expone las diferencias entre la motivación profesional de hombres y mujeres en las bibliotecas y llega a la conclusión de que esas diferencias son mínimas.
La cara opuesta se basa en las causas exógenas a las mujeres, donde se defiende que han sido los condicionantes externos los que han generado tal desigualdad. En este punto, es necesario analizar la variante tecnológica como una de las fuerzas externas que más ha influido en los procesos de trabajo y ha creado un nuevo paradigma en la disciplina.
Tecnología y segregación laboral
En Estados Unidos, el 80 % de los alumnos que cursan algún máster en información son mujeres, y la mano de obra en las bibliotecas, en general, es femenina. El caso contrario se da en la enseñanza de la informática, donde la mayoría de los alumnos son varones. Dadas las fuertes asociaciones ideológicas entre masculinidad y tecnología en la sociedad occidental, es necesario considerar la cuestión del género en la configuración social de la tecnología en el sector bibliotecario. También porque los estudios sobre el cambio tecnológico en otros sectores profesionales revelan que este trabajo está segregado por sexos (Harris, 1999: 236-37).
Dentro del ámbito bibliotecario, las funciones asignadas a los trabajadores en relación con las tecnologías están fuertemente estereotipadas. Y las diferencias observadas entre hombres y mujeres indican que los resultados del cambio tecnológico son muy diferentes para ambos, hasta tal punto que, en muchos casos, las bibliotecarias han sido vulnerables al desplazamiento tecnológico en determinados trabajos donde antes estaban altamente representadas.
Evolución tecnológica en las tareas bibliotecarias
La historia de la discriminación sexual y la innovación tecnológica en las bibliotecas principalmente durante los años 70 y 80 no cuenta una historia, sino dos historias paralelas. Al mismo tiempo que la biblioteconomía enfrentaba un nuevo futuro tecnológico e informatizado, comenzaba también a combatir sus propias dinámicas y diferencias de género. A medida que la informatización de las bibliotecas y la segunda ola del movimiento feminista tomaban impulso en la década de los años 60 y 70, el sector de las bibliotecas se veía abocado a un cambio tecnológico y social interrelacionados.
De esta manera, desde finales de los años 60 hasta mediados de los 80, tanto la división del trabajo de catalogación como la imagen que la biblioteca ofrecía a los usuarios cambiaron de forma radical. No obstante, a lo largo de esta vehemente etapa de activismo profesional, las mujeres bibliotecarias que se preocuparon y estudiaron las cuestiones de género no tuvieron en cuenta la relación que existía entre este aspecto y la influencia de la tecnología en la gestión bibliotecaria.
Fue Roma M. Harris, investigadora y profesora de biblioteconomía en la Universidad de Western Ontario, quien conectó los argumentos sobre la discriminación de género y la automatización informática en los 90, tanto en su influyente monografía Librarianship: The Erosion of a Woman’s Profession (1992a), como en un artículo relacionado “Information Technology and the De-Skilling of Librarians”, publicado en la revista Computers in Libraries (1992b: 9). La autora planteó una hipótesis doble sobre la relación entre tecnología y género en las bibliotecas. En primer lugar, sostenía que las tareas más valoradas dentro del trabajo bibliotecario eran las masculinas, que solían estar relacionadas con la gestión y la tecnología, frente a las consideradas femeninas, como las actividades dirigidas al público infantil y la catalogación (Harris, Michell y Cooley, 1985: 170).
Por otra parte, Harris (1992b: 10) afirmaba que después de varias décadas trabajando en el proceso de automatización de bibliotecas y de creación de redes, la especialización en catalogación, trabajo mayoritariamente femenino, estaba sufriendo un proceso de descalificación y desprofesionalización. Trabajo que esta investigadora ha considerado uno de los pilares fundamentales dentro del sector y tan digno de estatus y recompensa económica como el resto. Estos argumentos sobre la forma en que la tecnología y el género interactúan en la biblioteconomía siguen aún vigentes en la bibliografía especializada del siglo XXI.
DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES
La historia de la feminización en las bibliotecas estadounidenses y el impacto que tuvo la profesionalización en las mujeres bibliotecarias están ampliamente documentados y estudiados desde diversas perspectivas bibliográficas e historiográficas; existe un corpus científico muy amplio originado aproximadamente a partir de los años 70, que tuvo su máximo exponente entre las décadas de los 80 y 90, y que no ha dejado de crecer desde entonces.
En este trabajo queda patente la importancia que tuvieron las bibliotecarias estadounidenses en la puesta en marcha de las bibliotecas de su país y en la definición y establecimiento de la biblioteconomía como disciplina en su concepción actual. No solo ayudaron a definirla, sino que aportaron una serie de valores vinculados al género unidos a un claro afán de superación moral e intelectual. Sin embargo, a pesar de sus fuertes convicciones y espíritu renovador, también sufrieron numerosos reveses por su condición de mujeres en una época donde socialmente estaban relegadas a un segundo plano. Muchas bibliotecarias se sintieron particularmente frustradas por las limitaciones de la feminización en sus puestos de trabajo, donde nunca fueron consideradas como iguales.
La jerarquía laboral estableció una diferenciación por género donde los hombres dominaban los puestos más altos de gestión mientras a ellas se las relegaba a los puestos administrativos más bajos. Aspectos como la discriminación salarial o la baja representación en puestos de responsabilidad fueron un caballo de Troya continuo para ellas, fundamentalmente a raíz de la profesionalización que introdujo Williamson en el sector.
En la formación bibliotecaria estadounidense de principios del siglo XX las mujeres dirigían tres de las cuatro escuelas que existían, pero en la década de los 80 su representación había descendido hasta poco más de un tercio en decanatos de programas acreditados, y ocupaban menos de la mitad de los puestos de dirección de esas escuelas.
La mayor parte de las escuelas de formación bibliotecaria había pasado a depender de las universidades, donde existía ya una larga discriminación histórica en relación con las mujeres. A pesar del avance feminista de los años 60, la masculinización del sector está relacionada con el liderazgo que ya existía en las universidades. En ellas, no solo perdieron representación en los cargos de responsabilidad al ser cesadas en los cargos de dirección de las escuelas, sino que también perdieron representatividad en sus cargos como profesoras y fueron relegadas a puestos administrativos sin importancia, perdiendo estatus y sufriendo una clara discriminación salarial y laboral.
También esas diferencias de género han quedado patentes no solo en los puestos de responsabilidad establecidos de manera jerárquica, sino en relación con la naturaleza de las tareas que realizaban las bibliotecarias en sus puestos de trabajo. Así, desde que comenzó la automatización de las bibliotecas a partir de la década de los 60, se asignaron roles y responsabilidades en función del género que marcaron claras diferencias laborales en el ámbito bibliotecario. De este modo, las tareas más valoradas eran las masculinas, que principalmente se relacionaban con la gestión y tecnología, mientras que las actividades consideradas femeninas, como la catalogación y las dirigidas al público infantil, estaban mucho menos reconocidas, aunque fuesen tan válidas y tuviesen el mismo estatus y valor económico que las consideradas masculinas.
En el contexto actual, donde existe una tendencia global hacia la visibilización y el reconocimiento del trabajo femenino en todos los campos científicos, es fundamental reivindicar el legado de las bibliotecarias que contribuyeron al desarrollo de la profesión. Su papel imprescindible como formadoras y mentoras de nuevas generaciones, su capacidad de innovación y su compromiso con la mejora continua de los servicios bibliotecarios merecen un reconocimiento más amplio dentro de la historiografía de la biblioteconomía.
Es evidente que la transformación digital ha redefinido el papel de las bibliotecas y de sus profesionales, y también es cierto que actualmente está ofreciendo nuevas oportunidades para el empoderamiento femenino en áreas como la gestión de datos, la digitalización y preservación digital y el desarrollo de sistemas de información avanzada e inteligencia artificial. De cara al futuro, uno de los retos más importantes para las mujeres en el ámbito bibliotecario será el de apropiarse y aprender a liderar el sector de las nuevas tecnologías de la información, del mismo modo que se hace imprescindible su participación en los espacios de toma de decisiones clave dentro del sector. Con ello, será posible redefinir la profesión reconociendo el cambio tecnológico como un aspecto inherente al trabajo bibliotecario y viendo nuevas oportunidades de desarrollo y crecimiento en el sector de la información.
Además, es crucial fomentar políticas de igualdad que garanticen la participación equitativa de las mujeres bibliotecarias en los espacios de gestión y liderazgo. Cuestiones como la brecha salarial y el techo de cristal deben ir desapareciendo progresivamente de estos espacios profesionales. Asumir estos desafíos no solo permitirá equilibrar la representación de género en los puestos de responsabilidad, sino que además contribuirá a redefinir la profesión en un contexto de crecimiento e innovación con el fin de promover una biblioteconomía más inclusiva y adaptada a las necesidades del siglo XXI.
En definitiva, este estudio subraya la necesidad de seguir explorando las desigualdades de género en el ámbito bibliotecario no solo desde una perspectiva historiográfica, sino también en relación con las transformaciones tecnológicas actuales y las oportunidades futuras. La biblioteconomía sigue siendo un espacio en constante transformación donde la igualdad laboral y el reconocimiento del trabajo femenino han de ser pilares fundamentales para garantizar un desarrollo inclusivo y justo de la profesión.